“Soy un artista y soy médico y no renuncio a mi dualidad” responde Federico López Arés a quien trata de clasificarlo. Sin duda Arés no encaja en lo que debería ser un artista para la “gente normal” ya que la “gente normal» etiqueta al resto de  “gente normal” con un solo adjetivo y le cuesta aceptar que la persona es algo multifactorial, plurimorfo, que puede y debe desarrollar todo su potencial interno.

Esto es lo que hace Arés, sin conceder  importancia a gestos románticos ni darse a los grandes aires que frecuentemente se adoptan tanto en la Medicina como en el Arte.

No hay nada de superficial en su enfoque de la vida, del arte, de la muerte. Ninguno de sus trazos ni de sus gestos puede calificarse de periférico ni epidérmico y todos y cada uno de ellos tiene un sentido y significado.

Sus obras siempre evocan un sentimiento de asombro; descubrimos a su través, tonos, texturas, actitudes que a pesar de haberlas visto a nuestro alrededor nunca hasta entonces habíamos sido conscientes de su existencia.

Su profunda curiosidad por descubrir lo que hay detrás de cada ser humano, es lo que impulsa su búsqueda para identificar y transmitir ese sentido y lo que individualiza y caracteriza su obra. Arés da a cada pieza su justo sentido al despojarla de todo el polvo de la tradición y revelarnos su contenido poético con un lenguaje actual.

Federico Vicente López Arés, situado entre los descendientes de una vieja y señera familia de la burguesía valenciana de industriales y militares, nació en Valencia el 19 de Mayo de 1955, el día de la Ascensión, en uno de los tres jueves mágicos del año.

Tenía 11 años cuando comienza a dibujar a instancia de su padre, que lo estimula en el desarrollo de sus actividades plásticas, que quedaron postergadas hasta la finalización de su Diplomatura en Enfermería simultaneidad con su Licenciatura en Medicina, momento en el cual desempolva  sus lápices, esta vez licenciándose en Bellas Artes en la especialidad de escultura y estableciendo su estudio en la casa familiar de Godella, tierra de artistas.

Posteriormente desarrolla sus habilidades como grabador y dibujante, compatibilizándolo con la escultura y por supuesto con la medicina, en su vertiente más cruda y dura como son las urgencias hospitalarias, donde está en contacto con el lado más amargo del devenir humano; el sufrimiento y la muerte.

Quizás por eso su visión del desnudo femenino no es normal. Su piezas son perturbadoras inquietantes, y obligan a tomar postura ante el peligro que supone el compromiso de encontrarse con la propia desnudez del alma de quien las contempla implicándose en su propia historia.

La parcelación del cuerpo, el desmembramiento, fuerzan a la reflexión del papel del individuo como soma, en el momento actual en que nuestro mundo nos abruma con informaciones parceladas, fragmentadas, seleccionadas e incompletas, donde la cara de los auténticos protagonistas de nuestra historia permanece oculta e incluso la cara de nuestra propia e individual historia también lo está a los que con nosotros viajan. El recogimiento, la introspección la ocultación del yo como motivo de su obra, se encuentra aparejada a su cotidiano devenir como sanador de cuerpos y en ocasiones también de almas que se despojan de sus envolturas y disfraces y se abren ante sus ojos en intimas confesiones.

Si el artista debe ser notario de su tiempo, Arés toma buena y significativa nota del tiempo que le ha tocado vivir y lo refleja en su obra, para que el espectador tome partido, tome conciencia y vibre ante sus imágenes.

La mujer desnudada por las interesantes manos del artista que es Arés, cobra un nuevo y palpitante destino; la inmortalidad.

“Vita brevis, ars longa”, y es así como el tiempo se detiene en la piel, en las curvas, oquedades y prominencias de cada uno de sus magníficos desnudos femeninos, gracias al profundo conocimiento del alma y del cuerpo que tiene, tanto como artista como médico.

Y esa bifrontalidad, a semejanza del dios Jano, que logra inmortalizando, dando la eterna juventud a sus obras, a la vez que está en íntimo contacto con la muerte, hacen de Arés un artista nada normal, un médico ciertamente especial y una persona, casi un personaje, apasionante.

Soler Carrión. Diciembre 2002.